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Novena a la Virgen de Schoenstatt

Comienza 9 de oct.Fiesta 18 de oct.

El 18 de octubre de 1914, en una pequeña capilla de Schoenstatt (Alemania), un grupo de jóvenes con el P. José Kentenich hizo una alianza de amor con la Santísima Virgen, la Madre y Reina tres veces Admirable. De allí nació un movimiento mariano hoy extendido por toda América. La Mater Peregrina —la imagen que peregrina de casa en casa— es su rostro más querido. Esta novena medita, de la mano de María, los pasajes del Evangelio en que ella nos enseña a confiar: de la Anunciación a las bodas de Caná.

Cada día de la novena se reza la oración inicial, la meditación y oración del día, y se termina con la oración final.

Oración inicial para todos los días

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Plegaria preparatoria para todos los días

Querida Madre de Schoenstatt: me acerco a ti con ilimitada confianza, porque Jesús mismo nos mostró tu amor de Madre al pie de la cruz. Desde aquel momento, ningún hijo que acude a ti queda solo en su dolor.

Madre mía, hoy me arrodillo ante ti. Traigo mis preocupaciones, mis sufrimientos, mis miedos, mis esperanzas y la gracia que deseo alcanzar de Dios.

Tú conoces mi vida. Tú conoces mi necesidad. Tú sabes lo que llevo en el corazón.

No vengo apoyado en mis méritos, sino en tu amor maternal y en la misericordia de tu Hijo. Tú, que permaneciste fiel junto a la cruz, sabes comprender el dolor de quienes sufren. Tú, que guardaste todo en tu corazón, sabes acompañar a quienes no entienden el camino.

Por eso acudo a ti, Madre de Schoenstatt.

Sé mi refugio en la angustia, mi consuelo en la tristeza, mi fortaleza en la prueba y mi guía para llegar más cerca de Jesús.

Madre, Reina y Victoriosa tres veces Admirable, presenta mi súplica ante tu Hijo. Si lo que pido es para bien de mi alma y está conforme a la voluntad amorosa del Padre, alcánzame esta gracia.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Y si Dios, en su sabiduría, dispone otro camino, dame un corazón humilde para aceptarlo. Ayúdame a confiar sin desanimarme, a esperar sin perder la paz y a permanecer fiel, aun cuando todavía no vea la respuesta.

Madre mía, toma esta novena en tus manos. Recibe cada oración, cada sacrificio, cada acto de confianza y cada pequeño ofrecimiento. Únelos al corazón de Jesús y hazlos fecundos para mi alma, para mi familia, para la Iglesia y para todos los que necesitan gracia.

Quiero caminar estos nueve días contigo. Quiero aprender de tu fe. Quiero confiar en tu intercesión. Quiero descubrir, aun en mi dolor, el amor del Padre.

Madre de Schoenstatt, no me sueltes de tu mano. Llévame a Jesús y enséñame a decir con todo mi corazón: «Padre, hágase tu voluntad». Amén.

Día 1

María recibe el saludo de Dios

«El ángel del Señor anunció a María, y ella concibió del Espíritu Santo» (Lucas 1, 28-38).

El ángel del Señor anunció a María, y ella recibió con fe el mensaje de Dios.

Detente un momento y contempla la Anunciación.

El cielo saludó a María por medio del ángel, y el Padre le confió una misión: ser Madre del Salvador.

María no sabía todo lo que aquel llamado traería consigo. No conocía cada paso del camino, ni todas las pruebas que vendrían después. Pero escuchó la voz de Dios y confió en la voluntad del Padre.

También Dios puede hablarte a ti. A veces su voz llega en una alegría. Otras veces, en una preocupación, en una enfermedad, en una espera, en una pérdida, en una dificultad familiar o en una situación que no sabes cómo llevar.

No pienses que Dios está lejos.

Haz silencio y mira tu vida con fe. Tal vez eso que hoy te cuesta aceptar puede ser también un llamado del Padre. Tal vez esa cruz que pesa sobre ti es un lugar donde Dios quiere encontrarte, purificarte y acercarte más a su corazón.

Dios no quiere que tu sufrimiento quede vacío. Quiere unirlo al amor de Jesús.

Cuando sufres, no estás solo. Cristo camina contigo, y María permanece a tu lado como Madre.

Ten fe. Aun en la oscuridad, Dios puede hablar. El Padre no se olvida de ti, y María escucha tu oración y la presentará ante Jesús.

Oración del día

Madre de Schoenstatt, tú recibiste el saludo de Dios con un corazón humilde.

Enséñame a escuchar al Señor en mi vida, aun en los momentos difíciles.

Madre mía, tú conoces mi necesidad. Hoy pongo en tus manos mi intención.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Intercede por mí ante Jesús. Si esta gracia es para bien de mi alma y está conforme a la voluntad del Padre, alcánzamela con tu amor de Madre.

Dame fe para aceptar, fuerza para seguir, paz para confiar y un corazón dispuesto a decir sí.

Madre de Schoenstatt, toma mi oración, mi dolor y mi esperanza. Llévalos al corazón de Jesús, y ayúdame a descubrir el amor del Padre aun en aquello que no comprendo. Amén.

Propósito del día

Haz silencio y pregúntale al Señor: «Señor, ¿qué quieres decirme hoy?» «Madre, ayúdame a escuchar y confiar.»

Al finalizar el día, se reza la oración principal de la novena.

Día 2

María responde al llamado de Dios

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lucas 1, 38).

María respondió al Señor con humildad y se entregó confiada a su voluntad.

Detente un momento y contempla la respuesta de María.

El ángel le había anunciado que Dios la llamaba a ser Madre del Salvador. María podía haberse llenado de temor y de dudas. Pero cuando reconoció la voz de Dios, se puso de inmediato en manos del Padre.

En su respuesta había fe. Había entrega. Había amor. Había un sí nacido desde lo más profundo de su corazón.

También Dios te pide una respuesta a ti, en medio de tu calvario.

A veces te habla a través de lo que esperabas. Otras veces, por medio de una preocupación, una enfermedad, una pérdida, una humillación, una dificultad familiar o una cruz que pesa sobre tu alma.

¿Cuál será tu respuesta?

Es fácil decir «hágase tu voluntad» cuando tenemos paz en el alma. Pero, ¿cómo decirlo cuando el corazón está herido, cuando no entiendes, cuando pierdes algo querido o cuando una situación te parece demasiado pesada?

Mira a María.

Ella no dijo sí porque todo fuera claro. Dijo sí porque Dios era digno de confianza.

El Padre no te abandona en la prueba. Aunque no siempre veas el sentido, su mirada permanece sobre ti. Dios puede servirse incluso de lo que duele para acercarte más a Él, purificar tu corazón y enseñarte a descansar en su voluntad.

No se trata de amar el sufrimiento. Se trata de no vivirlo lejos de Dios.

Hoy entrégale al Padre aquello que más te cuesta aceptar. Pide la gracia para este día. Ofrece tu carga, tu preocupación y tu cruz.

Dios es Padre. Dios es bueno. Y aun cuando no entiendas sus caminos, puedes confiar en su amor.

Oración del día

Madre de Schoenstatt, tú respondiste al llamado de Dios con un sí humilde y confiado.

Enséñame a responder también al Padre en este momento de mi vida. Ayúdame a no cerrar el corazón cuando su voluntad me pide entrega, paciencia o renuncia.

Madre mía, tú conoces mi sufrimiento. Tú sabes lo que me preocupa, lo que me duele y lo que me cuesta aceptar. Hoy pongo en tus manos mi intención.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Intercede por mí ante Jesús. Si esta gracia es para bien de mi alma y está conforme a la voluntad del Padre, alcánzamela con tu amor de Madre.

Y si Dios me pide caminar por un camino distinto al que deseo, dame fuerza para soportarlo en su compañía.

Dame un corazón humilde, confianza en la prueba, paciencia en la espera y fe cuando todo parezca oscuro.

Madre de Schoenstatt, enséñame a creer en el Padre bueno, a confiar en que su amor no falla y a recordar que nada se pierde cuando se entrega por amor. Amén.

Propósito del día

Acepta con paz el día de hoy. «Padre, hágase tu voluntad.» «Madre, ayúdame a confiar.»

Al finalizar el día, se reza la oración principal de la novena.

Día 3

Encuentro de María con su prima Isabel

«Bendita seas tú, que has creído» (Lucas 1, 45).

Isabel alabó a María porque creyó en la promesa del Señor.

Detente un momento y contempla la visita de María a Isabel.

María había recibido el mensaje del ángel. Llevaba en su seno al Hijo de Dios, pero no se quedó encerrada en sí misma. Se puso de inmediato en camino para servir, acompañar y llevar la presencia de Jesús.

Al llegar María, Isabel quedó llena del Espíritu Santo y reconoció en ella a la Madre del Señor. Vio su fe. Vio su entrega. Vio la obra silenciosa que Dios había hecho en su corazón.

María fue bendita porque creyó.

Creyó en la palabra de Dios, en su poder y en su amor.

También tú estás llamado a creer.

Tal vez llevas en el corazón una petición difícil. Tal vez hay una preocupación familiar, una enfermedad, una espera larga o una cruz que pesa sobre tu alma.

Mira a María.

Ella es Madre, y una madre no permanece indiferente ante el dolor de sus hijos. Ella escucha tus súplicas y las presentará ante Jesús.

Cree que Dios puede concederte lo que pides, si es para bien de tu alma. Y si no lo es, te dará la gracia que necesitas:

fuerza para cargar la cruz, paz para esperar, luz para aceptar y confianza para seguir caminando.

No pierdas la esperanza.

Jesús mismo nos enseña a pedir con fe: «Todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido, y lo obtendrán».

Pide hoy una fe más grande: una fe confiada en el Padre bueno.

Oración del día

Madre de Schoenstatt, tú fuiste bendita porque creíste.

Creíste en la palabra de Dios, en su poder y en su amor.

Enséñame a creer como tú.

Aumenta mi fe y ayúdame a confiar en Jesús con corazón de hijo.

Hoy pongo en tus manos mi intención.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Intercede por mí ante Jesús. Si esta gracia es para bien de mi alma y está conforme a la voluntad del Padre, alcánzamela con tu amor de Madre.

Madre de Schoenstatt, en tus manos dejo mis temores. En Jesús quiero confiar, aun cuando todavía no vea la respuesta. Amén.

Propósito del día

Practica la confianza como lo hizo María y repite con fe: «Madre, ayúdame a creer y confiar.»

Al finalizar el día, se reza la oración principal de la novena.

Día 4

María alaba las grandezas del Señor

«Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador» (Lucas 1, 46-47).

María proclamó la grandeza de Dios.

Detente un momento y contempla a María cantando el Magníficat.

Su alma estaba llena de gratitud. María reconocía las maravillas que Dios había hecho en ella, pero su alegría no quedó encerrada en sí misma.

María alabó al Señor porque miró a los humildes, levantó a los pequeños, recordó a los que sufren, llenó de bienes a los necesitados y mostró que su misericordia permanece siempre.

María entendió que todo don recibido de Dios también se convierte en servicio.

Después del anuncio del ángel, no se quedó pensando solo en sí misma. Se puso al servicio de los demás.

También tú llegas hoy con una súplica en el corazón.

Tal vez estás cansado. Tal vez llevas una preocupación que no se resuelve, una tristeza profunda, una enfermedad, una dificultad familiar o una cruz que pesa demasiado.

Y quizás piensas:

¿Cómo voy a ayudar a otros si yo también necesito ayuda?

María te muestra un camino.

No se trata de negar tu dolor. No se trata de fingir que todo está bien. Se trata de no dejar que el sufrimiento cierre tu corazón.

Cuando ayudas a otro, aun en medio de tu propia pena, algo se abre dentro de ti. Cuando das una palabra amable, cuando miras con bondad, cuando haces un pequeño servicio o rezas por alguien que también sufre, tu alma comienza a respirar.

La alegría cristiana no siempre nace porque los problemas desaparecen.

Muchas veces nace cuando el amor se pone en movimiento.

Mientras esperas, puedes amar. Mientras sufres, puedes ofrecer. Mientras cargas tu cruz, puedes llevar consuelo a otros.

Y poco a poco, tu alma también aprende a cantar:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor.»

Oración del día

Madre de Schoenstatt, tú alabaste a Dios con un corazón lleno de gratitud y confianza.

Tú reconociste sus obras, serviste con alegría y llevaste a Jesús a la casa de Isabel.

Enséñame a alabar a Dios aun cuando mi corazón esté preocupado. Enséñame a no encerrarme en mi dolor. Enséñame a servir con amor, incluso cuando yo también necesito consuelo.

Madre mía, hoy pongo en tus manos mi intención.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Intercede por mí ante Jesús. Si esta gracia es para bien de mi alma y está conforme a la voluntad del Padre, alcánzamela con tu amor de Madre.

Dame ojos para ver al que sufre, palabras para consolar, manos dispuestas para servir y un corazón agradecido.

Madre de Schoenstatt, ayúdame a transformar mi preocupación en entrega y mi dolor en amor. Amén.

Propósito del día

Haz hoy un gesto concreto de servicio.

Ayuda, acompaña o consuela a alguien, aunque sea con algo pequeño.

Reza: «Madre, ayúdame a servir con alegría.»

Al finalizar el día, se reza la oración principal de la novena.

Día 5

María busca a su Hijo Jesús

«Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?» (Lucas 2, 48).

Durante tres días, María buscó a Jesús. No sabía dónde estaba su Hijo. Su corazón de Madre sufrió la incertidumbre, el cansancio y la preocupación.

Cuando por fin lo encontró, no escondió su dolor. Buscó una respuesta desde su amor de Madre.

También tú puedes llegar hoy con una carga en el corazón.

Tal vez intentaste estar alegre. Tal vez quisiste servir, sonreír, confiar y no preocuparte. Pero, ¿cómo no preguntarte?

¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué tengo que cargar con esta prueba? ¿Por qué Dios permite este dolor?

El corazón, cuando sufre, busca una respuesta.

María también conoció la angustia. Ella no es una Madre lejana. Ella sabe lo que es buscar, no entender, esperar y sufrir en silencio.

Pero María no se amargó. No dejó de confiar. No se separó de Dios.

Preguntó, pero permaneció fiel.

Tú también puedes llevar tus preguntas a Dios. Puedes llevarlas a Jesús y ponerlas en manos de María.

El sufrimiento, unido a Dios, no queda vacío.

Cristo cargó la cruz antes que tú. Él conoce el cansancio, la soledad, la injusticia y el dolor. Cuando sufres con fe y unes tu dolor a Jesús, tu cruz puede convertirse en camino de amor.

Pon tus dolores en manos de la Madre.

Dile con confianza:

«Madre, te entrego este sufrimiento. Tómalo. Únelo a Jesús. Hazlo fecundo.»

Tal vez hoy no entiendas el porqué. Pero puedes confiar en Dios.

Oración del día

Madre de Schoenstatt, tú conociste la angustia de buscar a tu Hijo. Tú sabes lo que es permanecer fiel cuando el alma sufre.

Hoy vengo a ti con mi carga. Te traigo mis preocupaciones, mis penas, mis cansancios, mis miedos y todo aquello que me cuesta aceptar.

Hoy pongo en tus manos mi intención.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Madre de Schoenstatt, ayúdame a confiar como hijo. Y si Dios permite que siga llevando esta cruz, ayúdame a no perder la fe. Enséñame a ofrecer mi sufrimiento con amor. No permitas que la amargura me aparte de Dios.

Toma mis dolores y mis sacrificios. Toma mis lágrimas y mis preguntas. Toma mis cansancios y mis heridas. Únelos al corazón de Jesús.

Que todo pueda convertirse, por tu intercesión, en gracia, consuelo y bendición. Amén.

Propósito del día

Cuando sientas el peso de tu sufrimiento, reza: «Madre, toma este dolor y ayúdame a confiar.»

Al finalizar el día, se reza la oración principal de la novena.

Día 6

Respuesta de Jesús a María

«¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lucas 2, 49).

María había buscado a Jesús con angustia. Cuando por fin lo encontró, recibió una respuesta que no comprendió del todo.

Jesús le recordó que debía ocuparse de las cosas de su Padre. María guardó aquellas palabras en su corazón.

También tú puedes encontrarte frente a una respuesta de Dios que no entiendes.

Tal vez has rezado mucho y aún no encuentras la respuesta a tu súplica. O tal vez Dios te responde de una manera distinta a la que esperabas.

A veces la voluntad del Padre no es la misma que la nuestra, pero su voluntad nunca está vacía de amor paternal.

Dios no te pide que dejes de amar. Te pide que ames en Él. No te pide que no llores. Te pide que no pierdas la fe.

Haz como María.

Guarda la palabra de Dios en tu corazón. Reza. Espera. No te apartes del Señor. No sueltes la mano de tu Madre.

Si has perdido la paz, vuelve a Dios. Si has perdido seguridad, entrégate al Padre. Si has perdido claridad, no desesperes.

María conoce el camino.

Ella caminó sin entenderlo todo. Ella guardó en silencio. Ella acompañó a Jesús hasta la cruz.

Y también puede acompañarte a ti.

Oración del día

Madre de Schoenstatt, hoy vengo a ti con todas mis súplicas.

Tú escuchaste la respuesta de Jesús y la guardaste en tu corazón. No comprendiste todo de inmediato, pero permaneciste fiel.

Enséñame a aceptar la voluntad de Dios, aun cuando sea difícil, aun cuando duela y aun cuando no la entienda.

Hoy pongo en tus manos mi intención.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Dame confianza profunda, paz en la incertidumbre, fortaleza para seguir y un corazón dispuesto a buscar las cosas del Padre.

Madre de Schoenstatt, toma mi mano cuando no conozca el camino. Guíame hacia Jesús. Enséñame a guardar su palabra en mi corazón, como tú. Amén.

Propósito del día

Cuando algo te cueste aceptar, reza: «Padre, quiero confiar en tus caminos.» «Madre, acompáñame.»

Al finalizar el día, se reza la oración principal de la novena.

Día 7

Bodas de Caná: María y su intercesión maternal

«Ya no tienen vino» (Juan 2, 3).

Jesús y su Madre estaban en las bodas de Caná. Todo parecía sencillo y alegre.

Hasta que María notó que el vino se acababa y se acercó a Jesús.

Tal vez otros no lo habían notado. Tal vez parecía un problema pequeño. Pero María descubrió la necesidad y no se desentendió.

No pensó que no era su problema. No se quedó mirando desde lejos.

Se acercó a Jesús y puso aquella necesidad en sus manos:

«Ya no tienen vino.»

Así es María.

Ella ve lo que falta, lo que duele, lo que pesa y lo que otros no comprenden.

Y lo lleva al corazón de Jesús.

También hoy María ve tu necesidad.

No la escondas.

No pienses que es demasiado pequeña o demasiado grande para Dios. Llévala a María con sencillez.

Ella sabe cómo hablarle a Jesús e intercede por ti ante Él.

Ella también se preocupa por ti, por tu familia, por tu dolor y por tu petición.

Oración del día

Madre de Schoenstatt, tú estuviste atenta en Caná y viste la necesidad de los novios.

Tú acudiste a Jesús con confianza. No dudaste de su amor ni de su poder.

Madre mía, mira también mi necesidad y aquello que no puedo resolver por mis propias fuerzas.

Hoy pongo en tus manos mi intención.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Intercede por mí ante Jesús. Presenta mi necesidad a su corazón.

Madre de Schoenstatt, no permitas que me desanime. Enséñame a orar con confianza y a esperar sin perder la fe.

A tus manos confío mi petición. A tu corazón confío mi dolor. A tu intercesión confío mi esperanza.

Amén.

Propósito del día

Presenta tu necesidad a María con sencillez.

Confíale tus peticiones, practica la confianza y persevera en la oración.

Al finalizar el día, se reza la oración principal de la novena.

Día 8

María espera la hora de Dios

«Mi hora aún no ha llegado» (Juan 2, 4).

En Caná, María intercedió por los novios. Vio lo que faltaba, acudió a Jesús y puso la necesidad en sus manos.

Pero la respuesta de Jesús no pareció inmediata.

María no se ofendió. No se retiró herida. No pensó que su oración había sido rechazada.

Permaneció confiada.

Su confianza era más grande que la demora. María sabía que el corazón de Jesús era misericordioso. Sabía que Dios no abandona.

Tal vez has rezado una vez, dos veces, muchas veces, y todavía no ves respuesta. Tal vez pusiste tu intención en manos de la Virgen y la situación sigue igual.

No pierdas la fe.

Cuando la respuesta no llega enseguida, no significa que Dios no te mire. Cuando el alivio tarda, no significa que María se haya olvidado de ti. A veces Dios espera porque su hora es distinta de la nuestra.

Nosotros miramos la urgencia del momento. Dios mira el bien del alma.

Por eso María te enseña a esperar.

No reces solo cuando sientas consuelo. No confíes solo cuando veas señales. No te apartes de Dios porque no responde como esperabas.

Permanece.

Sigue rezando. Sigue esperando. Sigue haciendo con amor lo que Jesús te pide hoy.

La hora de Dios llega en el momento justo.

Oración del día

Madre de Schoenstatt, tú escuchaste la respuesta de Jesús en Caná y no perdiste la confianza.

Enséñame esa confianza paciente. Ayúdame a no abandonar la oración cuando la respuesta se demore. Ayúdame a no cerrar mi corazón por la tristeza, el cansancio o el resentimiento.

Hoy pongo en tus manos mi intención.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Madre de Schoenstatt, toma mi mano y enséñame a esperar la hora de Dios. Amén.

Propósito del día

Ten paciencia y vuelve a confiar. «Madre, enséñame a esperar la hora de Dios.»

Al finalizar el día, se reza la oración principal de la novena.

Día 9

El consejo de María que nos guía a Jesús

«Hagan todo lo que Él les diga» (Juan 2, 5).

Hoy llegas al último día de esta novena.

Durante estos días caminaste con María. Le presentaste tu petición, tus preocupaciones, tus dolores y tus esperanzas.

María ha escuchado tu oración y la presentará ante Jesús. Pero también te muestra un camino:

hacer lo que Él te diga.

En Caná, María pidió a los sirvientes que obedecieran a Jesús. Ellos llenaron las tinajas con agua, y la obediencia abrió el camino al milagro.

También tú has venido con una necesidad. Has pedido ayuda, consuelo, luz y paz. María presentará tu petición a Jesús, pero hoy también te invita a escuchar su voz.

No basta pedir una gracia si el corazón no quiere cambiar. No basta esperar un milagro si no queremos acercarnos a Dios.

Jesús puede transformar el agua en vino, pero primero hay que llenar las tinajas.

Llena tu corazón de fe, tu vida de oración, tus relaciones de perdón, tus palabras de verdad y caridad, y tu alma de confianza en Dios.

Si necesitas reconciliarte, da el primer paso. Si necesitas pedir perdón, hazlo con humildad. Si necesitas ordenar tu vida, comienza hoy.

Confiar no es solo esperar que Dios haga lo que deseas. Confiar también es estar dispuesto a hacer lo que Dios pide.

Tal vez hoy recibas la gracia que pediste. Tal vez la respuesta llegue más adelante. Tal vez Dios te conceda algo distinto, pero más necesario para tu alma.

No te apartes de Jesús.

María te lleva a Jesús. Jesús te lleva al Padre. Y en la voluntad del Padre está tu paz.

Oración del día

Madre de Schoenstatt, hoy termino esta novena bajo tu mirada de Madre.

Durante estos días puse en tus manos mi petición, mis preocupaciones, mis dolores y mis esperanzas.

Gracias por escucharme. Gracias por acompañarme. Gracias por llevarme siempre hacia Jesús.

Hoy vuelvo a presentarte mi intención.

(Aquí se hace la petición en silencio.)

Intercede por mí ante tu Hijo. Si esta gracia es para bien de mi alma y está conforme a la voluntad del Padre, alcánzamela con tu amor de Madre.

Y si Dios dispone otro camino, dame fe para aceptarlo, paciencia para esperarlo y paz para confiar.

No permitas que mi corazón sea obstáculo para la gracia que Dios quiere concederme.

Ordena mi corazón. Purifica mis intenciones. Hazme dócil a la voluntad del Padre.

Madre de Schoenstatt, pongo en tus manos esta novena. Recibe mi oración y preséntala a Jesús. Amén.

Propósito del día

Haz un examen sincero de tu corazón. Medita y reza: «Madre, ayúdame a hacer lo que Jesús me diga.»

Al finalizar el día, se reza la oración principal de la novena.

Oración final para todos los días

Oración de consagración

¡Oh, Señora mía! ¡Oh, Madre mía! Yo me ofrezco todo a ti.

Y en prueba de mi filial afecto, te consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser.

Ya que soy todo tuyo, ¡oh, Madre de bondad!, guárdame, defiéndeme y utilízame como instrumento y posesión tuya.

Amén.

V. Madre tres veces Admirable, Reina y Victoriosa de Schoenstatt.R. Ruega por nosotros.

Texto íntegro provisto por el editor de Rezo (2026-07-05), composición original inspirada en la espiritualidad mariana de Schoenstatt. NO se reproducen textos del P. José Kentenich (†1968, © vigente) ni de 'Hacia el Padre' (© Editorial Patris). Las citas bíblicas son referencias breves parafraseadas (uso legítimo). La Señal de la Cruz y la Oración de consagración «Oh Señora mía, oh Madre mía» son fórmulas clásicas de dominio público. Pendiente de revisión.

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