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Rosario de los Siete Dolores de la Virgen

Rosario de los Siete Dolores de la Virgen

Se reza especialmente los viernes

La Iglesia contempla desde hace siglos a María como la Madre que acompañó a su Hijo en el dolor. Esta devoción fue difundida sobre todo por la Orden de los Siervos de María, los servitas, fundada en Florencia en el siglo XIII por siete comerciantes que lo dejaron todo para servir a Dios bajo la protección de la Virgen. De ellos viene este rosario, también llamado corona dolorosa o rosario servita, que recorre siete momentos de sufrimiento en la vida de María, desde la profecía de Simeón hasta la sepultura de Jesús.

Rezarlo no es quedarse en la tristeza. Es aprender de María a sufrir con fe, a permanecer junto a la cruz sin huir y a esperar la resurrección. Se reza sobre todo el 15 de septiembre, fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, el Viernes de Dolores y, por tradición, todos los viernes.

Rezar ahora, paso a paso

Cómo se reza

  1. Se comienza con la señal de la cruz, el acto de contrición y la oración inicial, en la medalla.
  2. En cada uno de los siete dolores: se anuncia el dolor y se medita, y se reza un padrenuestro en la cuenta grande, siete avemarías en las cuentas pequeñas y la jaculatoria.
  3. Al final, tres avemarías en honor de las lágrimas de la Virgen, en las tres cuentas que cuelgan de la medalla, y las oraciones finales.

En total, siete padrenuestros y cincuenta y dos avemarías. Toma unos veinticinco minutos.

Oración inicial

Señal de la Cruz

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de contrición

Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío: por ser tú quien eres, bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. Propongo firmemente, con la ayuda de tu gracia, nunca más pecar, apartarme de las ocasiones de ofenderte, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Oración inicial

Virgen María, Madre dolorosa, que permaneciste de pie junto a la cruz de tu Hijo: quiero acompañarte en tus dolores como tú lo acompañaste a Él en los suyos. Te ofrezco este rosario para consolar tu corazón, en reparación por mis pecados y por los del mundo entero.

Alcánzame un verdadero dolor de mis culpas, un corazón compasivo con los que sufren y la fuerza para cargar mi cruz con paciencia. Pongo en tus manos las intenciones de este rosario. Amén.

Primer dolor: La profecía de Simeón

Lectura: Lucas 2,22-35

Cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María y José lo llevan al templo de Jerusalén para presentarlo al Señor, como mandaba la Ley. Son pobres: ofrecen un par de tórtolas. Allí los recibe Simeón, un anciano justo que esperaba al Mesías. Toma al Niño en brazos y bendice a Dios porque sus ojos han visto la salvación.

Pero después se dirige a María y le anuncia algo que la acompañará toda la vida: este Niño será signo de contradicción, y a ella una espada le atravesará el alma. En medio de la alegría, una sombra. Desde ese día, María vive sabiendo que su Hijo sufrirá y que ella sufrirá con Él. No sabe cómo ni cuándo, pero guarda todo en su corazón y sigue adelante con fe.

También a nosotros nos llegan noticias que nos llenan de temor: un diagnóstico, una advertencia, una incertidumbre sobre el futuro. María nos enseña a recibirlas sin desesperar, confiando en que Dios sigue presente.

Pidamos: Madre dolorosa, alcánzanos la gracia de aceptar con fe lo que no entendemos y de confiar en Dios aun cuando el futuro nos da miedo.

Un padrenuestro y siete avemarías.

Santa Madre, graba en mi corazón las llagas de tu Hijo crucificado.

Segundo dolor: La huida a Egipto

Lectura: Mateo 2,13-21

Poco después de la visita de los Magos, un ángel se aparece a José en sueños: debe tomar al Niño y a su madre y huir a Egipto, porque Herodes busca al Niño para matarlo. Esa misma noche, sin tiempo para despedirse ni para preparar nada, la Sagrada Familia sale de Belén.

María conoce entonces el miedo de una madre que ve a su hijo perseguido. Cruza el desierto, con el calor del día y el frío de la noche, hacia una tierra extranjera, de otra lengua y otras costumbres. Vive como emigrante, sin saber cuándo podrá volver a casa. Mientras tanto, en Belén, otras madres lloran a sus hijos asesinados.

Este dolor de María abraza a tantas familias de hoy: los que dejan su país buscando un futuro mejor, los que huyen de la violencia, los que viven lejos de sus seres queridos, los que empiezan de cero en otra tierra. Ella los comprende porque lo vivió.

Pidamos: Madre dolorosa, protege a las familias migrantes y a los que viven lejos de su tierra, y danos la confianza de seguir a Dios aunque no conozcamos el camino.

Un padrenuestro y siete avemarías.

Santa Madre, graba en mi corazón las llagas de tu Hijo crucificado.

Tercer dolor: El Niño perdido en el templo

Lectura: Lucas 2,41-52

Cuando Jesús tiene doce años, sube con María y José a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Al regresar, después de un día de camino, se dan cuenta de que el Niño no está en la caravana. Lo buscan entre parientes y conocidos, y no lo encuentran. Vuelven a Jerusalén. Tres días de búsqueda, de angustia, de preguntas sin respuesta.

Al tercer día lo encuentran en el templo, sentado entre los maestros. María le dice que su padre y ella lo buscaban angustiados. Jesús responde que debía ocuparse de las cosas de su Padre. Ellos no entienden sus palabras, y María, una vez más, guarda todo en su corazón.

Hay momentos en que también nosotros sentimos que perdimos a Jesús: la oración se vuelve seca, Dios parece lejos, no sentimos nada. Otras veces lo perdemos por el pecado. Y hay padres que viven la angustia de un hijo que se alejó de casa o de la fe. María nos enseña a no dejar de buscar hasta encontrarlo.

Pidamos: Madre dolorosa, cuando sintamos a Dios lejos, ayúdanos a buscarlo con perseverancia. Te encomendamos a los padres que sufren por hijos alejados y a todos los que han perdido la fe.

Un padrenuestro y siete avemarías.

Santa Madre, graba en mi corazón las llagas de tu Hijo crucificado.

Cuarto dolor: El encuentro con Jesús camino del Calvario

Lectura: Lucas 23,26-32

Jesús ha sido condenado a muerte. Azotado, coronado de espinas, cargando la cruz, sube por las calles de Jerusalén hacia el Calvario, entre los gritos y las burlas de la multitud. El Evangelio cuenta que lo seguía mucha gente, y entre ellos mujeres que lloraban por Él. La tradición de la Iglesia contempla aquí el encuentro de María con su Hijo.

Imaginemos esa mirada. La madre ve el rostro desfigurado de su hijo, su cuerpo herido, su paso tambaleante. No puede quitarle la cruz ni detener a los soldados. No puede hacer nada, excepto estar. Y está. No se esconde ni se aparta. Su presencia silenciosa es su manera de amar.

A veces vemos sufrir a alguien que amamos y no podemos solucionar su dolor: un hijo enfermo, un padre que se apaga, un amigo que atraviesa una crisis. María nos enseña que acompañar ya es mucho. Estar presentes, mirar con amor, no huir.

Pidamos: Madre dolorosa, danos la fortaleza de acompañar a los que sufren aunque no podamos resolver su dolor, y la humildad de dejarnos acompañar en el nuestro.

Un padrenuestro y siete avemarías.

Santa Madre, graba en mi corazón las llagas de tu Hijo crucificado.

Quinto dolor: Jesús muere en la cruz

Lectura: Juan 19,17-30

En el Calvario, Jesús es clavado en la cruz entre dos malhechores. Junto a la cruz está de pie su Madre, con algunas mujeres y el discípulo amado. Durante tres horas, María ve la agonía de su Hijo. Escucha sus palabras: el perdón para los que lo crucifican, la promesa al buen ladrón, la sed, el grito al Padre.

Desde la cruz, Jesús la mira a ella y al discípulo, y le dice a su Madre que ese es su hijo, y al discípulo, que ella es su madre. En la hora de su dolor más grande, María recibe una maternidad nueva: la de todos nosotros. Después, Jesús dice que todo está cumplido, inclina la cabeza y entrega el espíritu.

La espada anunciada por Simeón atraviesa ahora el alma de María hasta el fondo. Y sin embargo, ella permanece de pie. Su fe no se quiebra. Por eso puede ser nuestra madre en nuestras cruces: sabe lo que es estar allí, y no nos deja solos.

Pidamos: Madre dolorosa, que te convertiste en nuestra madre al pie de la cruz: acompáñanos en nuestras horas más oscuras y ayúdanos a perdonar como perdonó tu Hijo.

Un padrenuestro y siete avemarías.

Santa Madre, graba en mi corazón las llagas de tu Hijo crucificado.

Sexto dolor: Jesús es bajado de la cruz

Lectura: Marcos 15,42-46; Juan 19,31-38

Jesús ha muerto. Un soldado le atraviesa el costado con una lanza, y de su corazón brotan sangre y agua. Al caer la tarde, José de Arimatea pide a Pilato el cuerpo de Jesús. Lo bajan de la cruz. La tradición contempla a María recibiendo a su Hijo en los brazos, la escena que tantos artistas llamaron La Piedad.

Los mismos brazos que lo arrullaron en Belén lo sostienen ahora sin vida. María mira sus heridas, besa su rostro, limpia la sangre. Es el dolor de todas las madres que han perdido un hijo, de todos los que han sostenido la mano de un ser querido en su último momento.

María no se rebela contra Dios ni se desespera. Llora, porque el dolor es real, pero en su llanto hay fe. Ella nos enseña que el duelo cristiano no es una tristeza sin esperanza, sino un amor que sigue esperando.

Pidamos: Madre dolorosa, consuela a las madres y padres que han perdido un hijo, y a todos los que están de duelo. Sostenlos en tus brazos como sostuviste a Jesús.

Un padrenuestro y siete avemarías.

Santa Madre, graba en mi corazón las llagas de tu Hijo crucificado.

Séptimo dolor: Jesús es sepultado

Lectura: Juan 19,38-42

José de Arimatea y Nicodemo envuelven el cuerpo de Jesús en lienzos con perfumes, según la costumbre, y lo colocan en un sepulcro nuevo cavado en la roca, en un huerto cerca del Calvario. Hacen rodar una gran piedra a la entrada. María ve cómo se cierra la tumba de su Hijo.

Comienza el silencio del Sábado Santo. Los discípulos se han dispersado, llenos de miedo. Todo parece terminado. Es la soledad de María, el dolor más callado. Y sin embargo, mientras todos pierden la esperanza, ella espera. Recuerda las palabras de su Hijo, confía en la promesa de Dios. Su fe sostiene a la Iglesia naciente en su hora más oscura.

Hay momentos en la vida en que parece que la piedra ya se cerró: un sueño que murió, una relación que terminó, una etapa que no volverá. María nos enseña a esperar el tercer día. Dios tiene la última palabra, y esa palabra es vida.

Pidamos: Madre dolorosa, que esperaste la resurrección en el silencio del sepulcro: sostén nuestra esperanza cuando todo parezca perdido, y acompaña a nuestros difuntos hasta la luz de la Pascua eterna.

Un padrenuestro y siete avemarías.

Santa Madre, graba en mi corazón las llagas de tu Hijo crucificado.

En honor de las lágrimas de la Virgen

Madre dolorosa, te ofrecemos estas tres Avemarías en honor de las lágrimas que derramaste por tu Hijo y por nosotros. Que ellas laven nuestros pecados y ablanden nuestros corazones.

Tres avemarías.

Oraciones finales

V. Ruega por nosotros, Virgen dolorosísima.R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.

Oración

Señor Jesús, que quisiste que tu Madre estuviera junto a ti en tu Pasión, y que su alma fuera atravesada por una espada de dolor: concédenos, por su intercesión, unir nuestros sufrimientos a los tuyos, vivir con fe nuestras cruces de cada día y alcanzar la alegría de tu Resurrección. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Consagración a la Virgen Dolorosa

Madre dolorosa, hoy me pongo bajo tu manto. Te entrego mis alegrías y mis penas, mi familia, mi trabajo, mi pasado y mi futuro. Tú, que sabes lo que es sufrir, no me dejes solo en mis dolores. Enséñame a estar de pie junto a la cruz de los demás, a no huir del sufrimiento que me toca y a esperar siempre en la victoria de tu Hijo. Y en la hora de mi muerte, recíbeme como recibiste a Jesús en tus brazos, y llévame a Él. Amén.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Las siete gracias de la devoción

Una tradición atribuida a santa Brígida de Suecia (siglo XIV) cuenta que la Virgen prometió siete gracias a quienes la honren cada día meditando sus dolores y rezando siete Avemarías:

1. Paz en sus familias.

2. Luz para comprender los misterios de Dios.

3. Consuelo en sus penas y compañía en sus trabajos.

4. Lo que pidan, siempre que no se oponga a la voluntad de su Hijo ni a la santificación de sus almas.

5. Defensa en los combates espirituales y protección en todo momento de su vida.

6. Su asistencia en la hora de la muerte.

7. Que quienes propaguen esta devoción serán llevados de esta vida a la alegría eterna, con el perdón de sus pecados.

Es una tradición de revelación privada, no una enseñanza de la Iglesia.

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