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Calendario de noviembre

Calendario litúrgico

Santo del día, 12 de noviembre: San Josafat, obispo y mártir

Memoria

1580 – 1623

Es una memoria, la celebración habitual del santo en el día que le corresponde dentro del calendario de la Iglesia.

Juan Kuncewicz nació en 1580 en Volodímir de Volinia, en el ducado de Lituania, dentro de la actual Ucrania. Su familia pertenecía a la Iglesia de rito bizantino. De joven trabajó como aprendiz de comerciante en Vilna, pero pronto entró en el monasterio basiliano de la Trinidad y tomó el nombre de Josafat.

Eran años difíciles. En 1596, la Unión de Brest había puesto en comunión con Roma a una parte de los cristianos bizantinos de aquellas tierras, y esa decisión dividió a las comunidades. Josafat se entregó por completo a esa causa: predicaba sin descanso, visitaba las aldeas, reformaba los monasterios y ganaba a la gente con su austeridad y su trato sencillo. Sus adversarios lo llamaban con ironía «el ladrón de almas». En 1617 fue consagrado obispo de Vitebsk con derecho de sucesión, y al año siguiente quedó al frente del arzobispado de Polotsk, en la actual Bielorrusia.

Vitebsk se convirtió en el foco de la resistencia contra la unión. Le avisaron de que su vida corría peligro si iba allí; fue igualmente. El 12 de noviembre de 1623, una multitud rodeó su casa al grito de «¡muerte al papista!». Josafat salió a su encuentro, pidió que no hicieran daño a sus acompañantes y murió golpeado y rematado a tiros; su cuerpo fue arrojado al río. Tenía cuarenta y tres años. En 1867 el papa Pío IX lo canonizó: fue el primer santo de las Iglesias orientales católicas en pasar por un proceso formal de canonización en Roma. Sus restos reposan hoy bajo el altar de san Basilio, en la basílica de San Pedro.

Invocado por la unidad de los cristianos de Oriente y Occidente.

Oración a San Josafat

Señor nuestro, reaviva en tu Iglesia el Espíritu que impulsó a san Josafat a dar la vida por sus fieles; para que, por su intercesión, fortalecidos por el mismo Espíritu, no temamos dar la vida por nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

San Millán de la Cogolla (san Emiliano), presbítero y ermitaño

Conmemoración

c. 473 – c. 574

Es una conmemoración: este día es feria en el Calendario Romano General, así que el santo no tiene celebración propia en el calendario universal. Su memoria se conserva en el Martirologio Romano y en los calendarios particulares de países, diócesis y órdenes religiosas.

Millán, o Emiliano, nació según la tradición hacia el año 473 en Berceo, en la actual La Rioja, en una familia campesina de origen hispanorromano. De muchacho fue pastor de ovejas. Un día dejó el rebaño y se puso bajo la guía de un monje llamado Félix, que vivía retirado en la sierra.

Después buscó una soledad todavía mayor y pasó décadas como ermitaño en los montes Distercios, expuesto al frío y a la dureza del lugar. Su fama de santidad se extendió tanto que el obispo Dídimo de Tarazona lo llamó, lo ordenó sacerdote y le encomendó la parroquia de Santa Eulalia, en su propio pueblo. Duró poco: repartía entre los pobres los bienes de la iglesia y algunos clérigos lo acusaron ante el obispo, que lo depuso. Millán volvió a la montaña, esta vez acompañado de discípulos, y allí murió muy anciano, el 12 de noviembre.

Su vida la escribió pocas décadas después san Braulio, obispo de Zaragoza, que también compuso un himno en su honor; esa biografía es la fuente principal de cuanto sabemos de él. Junto a su sepulcro nació el monasterio de San Millán de la Cogolla, con sus dos casas de Suso y Yuso, declaradas Patrimonio de la Humanidad. En sus escritorios se copiaron las Glosas Emilianenses, uno de los primeros testimonios escritos de la lengua castellana. Millán es, así, uno de los santos que están en el origen del cristianismo hispánico que después cruzaría a América.

Oración a San Millán de la Cogolla (san Emiliano)

San Millán, que dejaste el rebaño y las cosas de la tierra para buscar solo a Dios en la montaña, enséñanos a hacer silencio. Alcánzanos un corazón desprendido y generoso con los pobres. Que, como tú, sepamos volver a la oración cuando el mundo nos malentienda. Amén.

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