Calendario litúrgico
Santo del día, 8 de octubre: Santa Pelagia de Antioquía
ConmemoraciónEs una conmemoración: este día es feria en el Calendario Romano General, así que el santo no tiene celebración propia en el calendario universal. Su memoria se conserva en el Martirologio Romano y en los calendarios particulares de países, diócesis y órdenes religiosas.
Bajo el nombre de Pelagia el 8 de octubre se juntan al menos dos historias distintas, y conviene decirlo con claridad en vez de contarlas como si fueran una sola.
La primera es la de una virgen y mártir de Antioquía de Siria. San Ambrosio, en su tratado sobre las vírgenes, y san Juan Crisóstomo, en sus homilías, hablan de una joven de unos quince años que, cuando fueron a apresarla para forzarla, prefirió la muerte antes que renunciar a su fe y a su virginidad. Es la Pelagia que recoge el Martirologio Romano para este día. La segunda es Pelagia la Penitente: según el relato, una actriz y bailarina de Antioquía, célebre por su belleza y su riqueza, que se convirtió al escuchar al obispo Nonno, dejó su vida anterior y terminó sus días como ermitaña cerca de Jerusalén, vestida de varón y conocida como el monje Pelagio; solo al morir se descubrió quién era.
Los estudiosos advierten que el nombre era muy común en el Oriente cristiano de aquellos siglos —hay también una Pelagia de Tarso y una Pelagia de Nicópolis— y que la memoria popular pudo fundir a varias mujeres en una sola figura. Las fuentes tampoco coinciden en la fecha: hay tradiciones que sitúan su martirio en la persecución de comienzos del siglo IV y otras que lo ubican en el año 362, bajo Juliano el Apóstata, junto a otros mártires decapitados por oponerse públicamente a los ritos paganos.
Lo que la Iglesia celebra no depende de resolver ese enredo. En las dos tradiciones hay una mujer que puso a Dios por encima de todo: una desde la entereza de la virgen que no cede, otra desde el vuelco radical de quien se convierte y empieza de nuevo.
Oración a Santa Pelagia de Antioquía
Señor, tú conoces el nombre verdadero de cada uno de tus santos, aunque la historia lo haya olvidado. Por la intercesión de santa Pelagia, danos valor para no ceder cuando la fe cuesta, y confianza para volver a ti cuando nos hemos alejado. Nada de lo que hicimos antes te asusta. Recíbenos como la recibiste a ella. Amén.
Santos Simeón el Anciano y Ana, profetisa
ConmemoraciónEs una conmemoración: este día es feria en el Calendario Romano General, así que el santo no tiene celebración propia en el calendario universal. Su memoria se conserva en el Martirologio Romano y en los calendarios particulares de países, diócesis y órdenes religiosas.
El Martirologio Romano los recuerda juntos este día: «En Jerusalén, conmemoración de los santos Simeón, anciano honrado y piadoso, y Ana, viuda y profetisa, que merecieron saludar a Jesús niño como Mesías y Salvador, esperanza y redención de Israel, en el momento en que, según la ley, fue presentado en el Templo».
Lo que sabemos de ellos viene del Evangelio de san Lucas. Simeón era un hombre justo y piadoso que esperaba la consolación de Israel; se le había revelado que no moriría sin ver antes al Mesías. Movido por el Espíritu entró en el Templo el día en que María y José llevaban al niño para cumplir lo que manda la ley. Lo tomó en brazos y pronunció esas palabras que la Iglesia repite cada noche en el oficio de completas: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu salvación». Después le advirtió a María que una espada le atravesaría el alma.
Ana era viuda, de edad muy avanzada, y no se apartaba del Templo: servía a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Llegó en ese mismo momento, reconoció al niño y se puso a hablar de él a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Son dos ancianos que pasaron la vida esperando y no se cansaron. La Iglesia los venera porque representan al pueblo fiel del Antiguo Testamento que reconoce a Cristo apenas lo ve.
Oración a Santos Simeón el Anciano y Ana
Señor, danos la paciencia de Simeón y de Ana, que esperaron toda la vida sin perder la fe. Enséñanos a reconocerte cuando pasas, aunque llegues pequeño y en silencio. Y cuando llegue nuestra hora, déjanos partir en paz, porque nuestros ojos también te habrán visto. Amén.
